El dragón de oro resulta
tan cautivante que justo cuando termina ya tienes ganas de volverla a ver.
Todavía estás parado frente al escenario, aplaudiendo a los actores y, perdido
con la hora, te preguntas si fue una obra corta o el tiempo pasó y no te diste
cuenta.
Lograste
seguir cada escena, entendiste el argumento, disfrutaste, sufriste, pero sigues
creyendo que no fue suficiente con una sola vez. En medio de tantas
sensaciones, razonamientos y preguntas, te atreves a la exageración: la pieza
debe ser de lo mejor que hayas podido ver del teatro cubano contemporáneo.